Hace algún tiempo, en un
monasterio vivía un monje cuya vida transcurría entre la oración y el trabajo.
El poco tiempo que le quedaba, lo invertía en ir a un hospital cercano, donde
atendía y cuidaba de la gente necesitada que recalaba allí: ancianos, niños
abandonados, enfermos... Había entrado muy joven en el monasterio, y en esa
vida agotadora de oración, trabajo y servicio fueron pasando los años.
Un día, recibió la visita de un
ángel de luz, que le dijo:
—Vengo a decirte, de parte de
Dios, que tus días se han acabado. Vente conmigo al paraíso: tu labor en este
mundo se ha cumplido.
Sin dejar de hacer sus faenas
cotidianas, el monje replicó:
—No quiero parecer descortés,
pero, ¿No podrías venir en otro momento? Todavía no he acabado de hacer la cena
y, además, mañana tengo que atender a mucha gente en el hospital.
El ángel asintió, y se marchó.
Pasó algún tiempo. El monje iba envejeciendo pero, a pesar de sus cada vez más
menguadas fuerzas, seguía con su vida de siempre. Un atardecer, volvió a
recibir la visita del ángel, y el monje volvió a excusarse, diciéndole que
todavía no podía acompañarle, pues tenía muchas cosas que hacer.
Las visitas se repitieron
algunas veces más, pero el monje siempre daba evasivas, y seguía con sus
tareas. Hasta que un día, el monje se sintió muy viejo y muy cansado, y
comprendió que, aunque quisiera, ya no podría seguir haciendo su vida de
siempre. Por eso, cuando volvió a recibir la visita del ángel de la muerte, no
se resistió, y le pidió que, ahora sí, le llevara por fin al paraíso, para
poder descansar. Al oír su petición, el ángel le contestó:
— ¿Qué quieres ir ahora al paraíso?
¿Dónde te crees que has estado durante todos estos años?
Alumno: Ezequiel Cuenca